¡Los Cosacos nunca acuden a la cita!
.
Un amplio consenso reina hoy a la hora de reconocer la importancia de contar con un vasto aparato de cultura científica y técnica. No solamente constituye un factor de desarrollo económico, sino que también es un ingrediente esencial de la democracia. En teoría, los individuos que disponen de mayores conocimientos son los actores sociales más imaginativos y productivos. Los ciudadanos cultivados y advertidos no se dejarán engatusar por futuros encantadores, envueltos en tal o cual opción tecnológica. La democracia es un proceso continuo, no es un estado de hecho, establecido definitivamente (Fayard, 1993).
En materia de información científica y técnica, aunque les pese a los reproductores de ideas recibidas, se puede decir que el lector de la gran prensa es un demandante. En Francia, de forma constante desde hace cinco años, el suplemento “Ciencias y Medicina”, de “Le Monde” se sitúa entre el pequeño grupo de suplementos más leídos (30% de los lectores de este diario). En los Países Bajos, el suplemento “Ciencia y Educación”, del NRC Handelsblad, cuarto periódico del país, el que ostenta la mayor consideración de los lectores del periódico. Dejamos al cuidado de los lectores españoles la comparación entre estos datos y los suplementos “Ciencias y Técnicas” de “La Vanguardia” y “Cinco Días”.
Es significativo comparar esta buena apreciación pública del periodismo científico con las dificultades y la incomodidad conceptual en la que se complacen los defensores de la divulgación tradicional, navegando, como avanza Jean-Marc Lévy-Leblond, “Entre el escollo de Caribes de la deriva pedagógica y el de Scyla de la escapatoria espectacular”. Una parte de la explicación reside simplemente en el hecho de que todo periodista escribe para ser leído. Es inconcebible, tanto a nivel económico como editorial, que una categoría de artículos sea sistemáticamente ignorada por los lectores. La brújula de un periodista es la curiosidad y el interés de sus lectores; no la regularidad terminológica y académica de lo queridos colegas investigadores...
He mantenido siempre que la CPC (Comunicación Publica de la Ciencia) debe en principio analizarse y concebirse como un asunto de comunicación. A menudo, comunicar con intención de nos ser comprendido, deriva de una estrategia de “diferenciación entre paños y servilletas”, entre los que saben y los ignorantes...La CPC, fuera de los medios de comunicación de masas, comienza a inspirarse en este modelo periodístico. El éxito de la sala “Sciences Actualités” en la Ciudad de las Ciencias y las Industrias de La Villette en Paris, es testimonio de ello. Se trata de un espacio co-gestionado por la Asociación Francesa de Periodistas Científicos y por la propia Ciudad. Tomando la información directamente de las fuentes, son los periodistas los que componen en imagen, texto y espacio los productos de comunicación pública, aunque, desde luego, los temas tratados no estén siempre directamente relacionados con la vida cotidiana.
.
Público elitista para conceptos marcianos
.
Por medio de este consenso, es preciso constatar la débil eficacia de las empresas tradicionales de la divulgación científica. ¡Que distancia entre deseos y resultados! El escaso público de la divulgación se recluta entre los estrados cultivados de la población. A despecho de la aportación de auditorios escolares, cautivos por naturaleza, no se puede deducir la existencia de una motivación general y asombrosa por las ciencias divulgadas. Esos públicos particulares no sabrían mezclarse con el gran público en general, objeto de la apuesta mayor de la divulgación científica y técnica.
¿Por qué una eficacia tan limitada? ¿Algunas ciencias y técnicas no constituyen materias fácilmente comunicables? ¿Quién no recuerda una tarde de colegio particularmente dolorosa, en la que algunos conceptos marcianos desembarcaron si avisar a la pizarra? ¡Vectores, ecuaciones paramétricas, masa volumétrica y otros cosenos! Para los decepcionados de la enseñanza de las ciencias, esos conceptos nacidos en otro planeta comparten con la condición humana estas interrogaciones intemporales: no se sabe de dónde vienen, ni dónde van, ni el por qué de su presencia aquí abajo.
Para la mayoría de los terrestres, aunque les pese a los físicos, las ciencias están más próximas a la metafísica de lo que piensan.
Asociar a la ciencia palabras como curiosidad, duda metódica...no procede de un reflejo espontáneo. Pero ávida cuenta de las necesidades presentes, limitarse a constatar esto es signo de una cierta pereza intelectual, aliada objetiva de un confortable “statu quo”. Tradicionalmente, divulgar supone un proceso de adaptación de contenidos especializados para volverlos comprensibles a los no especialistas, pero es también una relación de tipo unidireccional entre la gente que sabe y los supuestos ignorantes. Ahora bien, estos últimos en sus diferentes maneras de pensar, viven perfectamente cómodos en este mundo, con o sin conceptos marcianos, ¡aun cuando éstos hayan colonizado la tierra!
.
El modelo estratégico de la divulgación cientifista
.
Un paseo por la reflexión estratégica ilustra un punto de vista original sobre el por qué de la débil productividad de la divulgación tradicional. Esta plantea la relación entre conocimiento científico y conocimiento común, según un modelo de estrategia directa clausewitzeana, basada en el ataque frontal y buscando la decisión en el medio de una batalla crucial. Uno de sus objetivos consiste en que se reconozca la supremacía de una lectura científica de lo real. La caricatura de esta actitud alcanza su cima en las cruzadas y autos de fe de los químicos contra la homeopatía, de los astrónomos contra la astrología...
Tal disposición estratégica supone una relación de fuerzas netamente favorable al atacante. En geopolítica, corresponde a un comportamiento de superpotencia. Pero otorgar tal estatuto a las ciencias revela la subjetividad de los científicos y de sus “emisores” divulgadores. Si la sociedad reconoce la importancia de las ciencias, también es cierto que se protege de un imperialismo científico que aspire a dictarle su conducta. La torre de marfil en la que se encierran los investigadores se construye también con piedras sociales. Es por deseo de protección por lo que se circunscribe aquello que parece extraño y poderoso al mismo tiempo.
.
Superpo-ciencias en las llanuras de Rusia
.
Engalanada por un abrumador sentimiento de superioridad, la divulgación se aventura por los campos de Rusia, donde Napoleón y Hitler encontraron su nivel de incompetencia. En un espacio de considerables dimensiones, ambos se comprometieron en una carrera de persecución hacia un combate decisivo que les hubiera asegurado una victoria política total. La desproporción de medios saltaba a los ojos. Todo observador considerado pronosticaba matemáticamente la próxima sumisión del imperio eslavo. Error fatal, pues los cosacos –a los que había que vencer y convencer- ¡no acudieron a la cita!
A semejanza de los cosacos desvaneciéndose en las estepas, los no especialistas no acuden masivamente a la cita de la Superpo-ciencia. Y con razón: la finalidad de la operación consiste en el reconocimiento de la superioridad del punto de vista del divulgador. La interacción que busca el atacante, pesadamente equipado, no se produce prácticamente nunca. ¿Por qué razón se aventuraría el profano, tan poco armado, en el tablero del conocimiento científico? ¿Por qué arriesgarse en una partida cuyo único desenlace consiste en desacreditar su propio punto de vista? ¿Por qué los cosacos se expondrían de manera suicida al diluvio de un bombardeo artillero metódicamente organizado? ¡Las estepas son vastísimas y, mediando un reflujo temporal, es perfectamente lícito vivir fuera del alcance de las hordas mecanizadas! ¡Aceptar la interacción significa aceptar ser victima!
En su escrupulosa organización, los divulgadores prevén todo excepto la presencia del público, y es el parto de los montes. Nada de confrontación decisiva; todo lo más, algunas breves y raras escaramuzas elaboradas costosamente. La expedición se agota en gesticulaciones estériles. No satisface más que a los científicos y a su eterno público, escaso, pero motivado. Llega el momento fatal del punto culminante de la ofensiva formulado por Clausewitz, a partir del cual el movimiento se invierte y sobreviene el reflujo. Las divisiones panzer no tienen más piezas de recambio, el carburante se acaba, los metales se oxidan, la propia majestuosa organización se derrumba antes de los rigores del tiempo; el desgaste de la realidad. Los cosacos reocupan el espacio dejado un instante, por cortesía, en manos de los divulgadores. Resultados de las carreras: cero a cero, la pelota en el centro y cada uno en su casa. Se ha celebrado la grandeza de la ciencia y/o de la tecnología, no con ocasión de una gran misa movilizadora de la muchedumbre, sino en un rincón de una capilla lateral. El público, por su parte, entregado a actividades apasionantes en otro sentido: al aire libre o en las estepas, al borde del mar en las gradas de un estadio.
.
Torres de marfil plantadas en las estepas
.
La ideología cientifista de donde procede la divulgación tradicional no sabría asegurarle una gran eficacia en términos de comunicación. Al margen de una contextualización histórica, cultural y social: en ausencia de un distanciamiento en relación con una disciplina dada ¿que inmunidad tienen los científicos frente al persistente virus del cientifismo? Es saludable recordar que “la ciencia no es mas que una cadena de errores eficaces” (JM. Albertini). Una ciencia nace de un empobrecimiento voluntario de la visión del mundo. En su percepción y medidas de lo real, no retiene nada más que los parámetros útiles para su proyecto. ¡Si un químico nunca ha observado estados anímicos en su microscopio, no sabría deducir su existencia! Simplemente, su registro no entra en el proyecto de la química.
Dentro de las incomensuras estepas de la realidad, las actividades sedimentan en pequeñas superficies sus actividades específicas. A despecho de la magnificencia de sus coherentes construcciones, fuertemente localizadas en el tiempo y en el espacio, siempre habrá allí un lugar para la socarronería de un cosaco, cuya area de actividad abrace todo el horizonte. Lo real esta fuera de la norma. Las ofensivas de la divulgación golpean en el vacio. El gran público, como los cosacos, ignora las convocatorias, y en su ausencia no se produce interacción ninguna.
.
Por un juego de suma no nula
.
Como beocios en ciencias, los cosacos necesitan aire y libertad. Si la divulgación les suena arbitraria y les recuerda el aire confinado de una aula, no hay duda que las playas no están dispuestas a vaciarse el domingo. ¿Organizamos el encuentro para que ciencias y no-especialistas no se comprometan en una partida amañada? ¿Más que un reparto de informaciones dirigidas al amontonamiento –y por tanto al olvido–, por qué no introducir un reparto de la inteligencia? ¿Por qué no privilegiar, en la comunicación de resultados científicos, aquellos caminos tal vez azarosos que han llevado hasta ellos? ¡Que la ciencia acepte exponerse en su realidad y no como una imagen acabada e inalterable, como un icono venerable!
La curiosidad es algo que ha sido repartido equitativamente. Representa un territorio abierto, en el que cada uno es actor. La figura de la asociación dispone a los interlocutores en un juego de suma no nula. Los dos partes pueden ganar sin por ello enriquecerse una a costa de la otra. Una invitación a compartir el mecanismo que permite a un investigador convertir el ruido en información, es susceptible de interesar a no importa que no-especialista, si se le respeta su especificidad.
Es hora de romper el modelo de vaso lleno de sabiduría vertiéndose en vasos vacíos, que no se plantean otras preguntas que las que el vaso lleno sabría responder. El proyecto de la comunicación científica y técnica confirma el de la democracia. A firmar la importancia actual de la cultura científica y técnica de la mayoría, en medio de discursos cada vez más rimbombantes y voluntaristas, en arriesgarse a provocar el efecto contrario al deseado. Para hacer que las ciencias sean atractivas y accesibles a la mayor cantidad de gente, despojémoslas de su altiva suficiencia y subrayemos su dimensión de aventura humana ¿Es que son otra cosa?
.
Elementos de alternativa estratégica: el modelo indirecto
.
Desde una estrategia de oposición frontal, la divulgación ha conseguido, todo lo más, algunas victorias pírricas, que han modificado muy poco su “statu quo”. Su sentimiento de superpotencia constituye un obstáculo mayor en una comunicación en la que cada uno podría extraer un enriquecimiento. La literatura estratégica militar permite vislumbrar una alternativa a la divulgación tradicional: inspirémonos en el modelo británico codificado por Liddell Hart. Su principio consiste en reducir el combate a sus más pequeñas proporciones, por la puesta en marcha de una aproximación indirecta en terrenos secundarios.
Este método aplicado a la comunicación pública de las ciencias y las técnicas se opone casi punto por punto al modelo directo. Rompe con los pesados bombardeos conceptuales, muy visibles, localizados en el tiempo y el espacio, que acarrean un sin fin de inconvenientes. Si se eligen como terrenos de acción las situaciones cotidianas, este método disemina a dosis homeopáticas una información que se torna asimilable. Se multiplican así los teatros de operaciones sin provocar la huida de los no especialistas ni arriesgarse en campañas en las que el punto culminante va inmediatamente seguido de un reflujo.
Esta filosofía puesta en práctica en el imperio británico ha dado resultados a lo largo de la historia. Sin embargo, es inaplicable si no se cuenta con excelentes servicios de información y acción a distancia. Necesita mucho profesionalismo, mucho tiempo y mucha inteligencia para conocer los medios, identificar los mecanismos y argumentos mas eficaces, las vías más rápidas... Requiere también sólidas capacidades de adaptación.
.
Estrategia y proyecto político
.
Una estrategia no sirve más que por el objetivo al que sirve y permite esperar. Es preciso interrogarse acerca de las manifestaciones de la comunicación pública sobre ciencias y técnicas. El modelo directo es más mediático que el indirecto. En nuestra opinión, ocultan dos objetivos políticos diferentes. En un caso, se asiste a la celebración de la eficacia del mundo científico y los poderes relacionados como un fin en si y con ocasión de operaciones de prestigio. En el otro, una panoplia de acciones menos visibles efectúa un trabajo profundo en las situaciones cotidianas. ¿Es esa razón para que el primero excluya necesariamente al segundo o le prive de todo medio?
Uno de los principios del método indirecto es operar con economía, buscando un rendimiento óptimo en relación con la inversión efectuada. Este principio apenas armoniza con nuestras tradiciones latinas empapadas del síndrome de Versalles. Para nosotros hacer algo pequeño y sin brillo no es más que deplorable tristeza. Los millones de la Ciudad de las Ciencias y las Industrias de La Villette en Paris nos halagan mucho más que algunos miles de artículos de poca densidad científica, filtrados en la prensa diaria regional. La majestuosa Geode, donde se contempla el Carro de Apolo, nos hace vibrar considerablemente más que las menesterosas operaciones de puertas abiertas de los laboratorios o las animaciones en los institutos y las “asociaciones de barrio”.
El sentido común dicta que no se puede ir contra la propia cultura. ¿Será por eso por lo que la reflexión política y estratégica sobre la comunicación pública de las ciencias y las técnicas debe contentarse con un vago breviario de eslóganes voluntaristas, de vuelo corto por lo que se refiere a la posterior eficacia? La referencia a la literatura de la estrategia nos conduce a un mayor rigor en la reflexión, con vistas a la acción. Ella no estimula a tener en cuenta modelos nacidos de culturas diferentes a la nuestra. Adoptarnos no significa, sin embargo, negarse, sino, más bien, dar una muestra de inteligencia ante un desafío de envergadura. Su importancia nos impone romper con el modelo tradicional de la divulgación. Pero antes de hablar de estrategia, conviene enunciar los objetivos políticos pertinentes sin ambigüedades.
Después, solo falta examinar, sin prejuicio alguno, la panoplia de medios para alcanzarlos. ¡Proclamar que algo es bueno, o digno de subvención, porque responde a los eslóganes de moda no favorece el avance! Economizar en la reflexión política es muestra de falsa neutralidad. Donde verdaderamente se juega la eficacia de una comunicación científica pública es en la recepción; no en la movilización de una masa de anunciantes públicos y privados. Es urgente hoy reavivar el debate sobre los fines y los medios de la comunicación de las ciencias y las técnicas. Su ausencia provoca el riesgo de ver impuesto el modelo más conocido: el de la divulgación cientifista como recurso de bajo coste. Un proyecto político no es nada sin una estrategia adecuada; debe ser apto para traducir los objetivos en hechos y no para provocar efectos contrarios (o desmesuradamede débiles) al objetivo anunciado. Abasteciéndose de un proyecto político que tenga en cuenta los juegos de actores y los efectos tácticos de la divulgación sería posible vislumbrar todo el provecho que se podría extraer de una puesta en marcha complementaria de las vías directas e indirectas.
.