El seductor-estratega desarrolla su competencia por debajo de la línea de flotación del campo del encuentro según una modalidad mucho más decisiva que la de las apariencias. Más fundamental que la fuerza, la inteligencia reconfigura las contingencias desde el interior dejando que las orientaciones surjan por sí mismas sin que se note para no exponerlas a unas oposiciones.
El torero juega con la inversión del señuelo, la muleta, y de la realidad, es decir su densidad de hombre inmóvil que asegura el temple de la fiera-objeto de sus deseos. El juego del hombre engloba al del toro cuya embestida realiza la voluntad de suprimir el obstáculo. La relación entre ellos no es modificada de manera brutal, sino a través de las potenciales y las bifurcaciones posibles que ésta conlleva en sí misma.
Sobre el hilo del presente, el matador desarrolla la verónica que baila casi entrelazada entre los pitones del animal el cual, una vez lanzado en la embestida, no domina ya el curso de su ímpetu. Privado de libertad de acción, la bestia, sometida a su propio brillo, no puede influir en ninguna confluencia alternativa del porvenir.
Conocimiento y estrategia se vuelven indisociables, pero, para conocer, el torero se involucra. Al arriesgarse su existencia en el instante que hace de él un muerto o un vivo, no dispone del tiempo para realizar un análisis detenido o una observación distante de la relación sí misma. Como el samurái en el combate, si no está preparado y totalmente dedicado, ya no está mas allí para constátalo!
Sun Tzu. Estrategia y seducción, Ed. Claridad, Buenos Aires, 2011. pp. 45 & 46.



